3 de septiembre - 09:30h
Ponente:
Margarita López Carrillo

Esta mañana hemos estado hablando y reflexionando sobre la medicalización de la sexualidad. Quizás un aspecto que queda en un segundo plano atendiendo a que aún intentamos romper el modelo dicotómico y hablar de sexualidades pero, es un peso sobre nuestras vidas y hay que dar respuesta.
La industria farmacéutica aparece como el poder económico que se encarga de que las mujeres a lo largo de prácticamente toda nuestra vida usemos fármacos, primero para controlar la fecundidad y posteriormente tratar como enfermedad el envejecimiento y evolución esperada de nuestros órganos sexuales.
El que la investigación sea también financiada por dicha industria farmacéutica y la gran escasez de investigaciones independientes hace que los datos obtenidos no sean reflejo de la realidad en muchas ocasiones, tanto por las deficiencias metodológicas como por su posible manipulación, ya que su objetivo es la búsqueda de nuevas fuentes de enriquecimiento y no mejorar la sexualidad o la calidad de vida de las mujeres y hombres.
A través de los medios de comunicación, las farmacéuticas nos invitan a consumir productos para mejorar la “salud”, que en este caso se matiza como sexual, creando una demanda. Hay que pensar profundamente sobre el significado de estas dos palabras juntas, forman el concepto necesario para justificar las intervenciones médico-farmacéuticas sobre MI sexualidad y MI vida.
Las/os profesionales sanitarios tienen varias responsabilidades: formarse adecuadamente y cotejar la pertinencia de estos fármacos (parches de terapia hormonal sustitutiva o vacunas en entredicho “contra el cáncer de cervix”), investigar de manera independiente, para en definitiva que la libertad de elección de las personas para vivir la vida que quieran y como quieran sea algo que este entre sus objetivos.

La unión de la demanda creada en los consumidores, las carencias en la atención en salud y la presión de las farmacéuticas potencian el riesgo que tenemos todas/os de vernos consumiendo un fármaco para solucionar un problema que no es tal y/o sufriendo unos efectos adversos.
Por supuesto hablamos de viagra, ejemplo claro de la medicalización de la sexualidad masculina, y de la búsqueda de la llamada viagra femenina. Teniendo en cuenta que la mayoría de las mujeres que no sienten deseo hacia su pareja es porque ésta no les gusta, parece que las farmacéuticas en esto tienen poco que hacer. La “ablación mental y cultural” que vivimos hace dificultoso encontrar el propio placer ya que se ha negado el placer de las mujeres durante siglos y si este existía, ha sido culpabilizada por ello. Los efectos de todas estas represiones no se levantan fácilmente. Aún hoy seguimos sin hablar de sexualidad al detalle, tenemos mucho que trabajar para superar este y otros tabúes.
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